Capítulo 13
Esas siniestras criaturas se posan en los cables de la electricidad y en los techos y lo miran todo. Su graznido tiene algo oscuro, burlón. Saben siempre dónde te encuentras, estés dentro o fuera de la casa. Estas primas pequeñas del cuervo están llenas de ira y resentimiento. Las amarga que sus genes las hagan parecer enanas en comparación con sus parientes. Se dice que el cuervo ocupa el peldaño inmediatamente superior al del hombre en la escala evolutiva. Al fin y al cabo, según las leyendas de los nativos de la costa noroeste, el cuervo creó al hombre. (Y es interesante notar que la deidad equivalente en el folclore de los indios de las llanuras es el coyote, que es un perro. De modo que, me parece, cuervos y perros ocupamos el lugar más alto de la cadena alimentaria espiritual). Y si el cuervo creó al hombre, y la corneja es prima del cuervo, ¿cuál es el lugar de la corneja?
El lugar de la corneja es la basura. Muy inteligentes, ladinas, lo que mejor hacen es aplicar su maligno geniecillo a destapar cubos de desperdicios o abrir con sus picos cualquier cosa que albergue alimentos. Son escoria, seres que andan en bandadas. Al verlas, dan ganas de matarlas.
Nunca persigo a las cornejas. Si lo intentas, se alejan dando saltitos, provocándote para que te embarques en una persecución de la que saldrás lastimado. Procuran dejarte en situación apurada y lejos, para poder hacer lo que quieren con la basura. Es verdad. A veces, cuando tengo pesadillas, sueño con cornejas. En bandadas. Atacando sin piedad, haciéndome pedazos. Es lo peor.
Cuando acabábamos de mudarnos a nuestra casa ocurrió algo con las cornejas; por eso sé que me odian. Tener enemigos es malo. Denny siempre juntaba mis deyecciones en bolsas verdes biodegradables. Es parte del precio que las personas deben pagar por su necesidad de supervisar tan de cerca a sus perros. Deben retirar excrementos de la hierba con una bolsa de plástico vuelta del revés. Deben cogerlos con los dedos y manipularlos. Aun cuando hay una barrera plástica por medio, no les agrada hacerlo, porque los deben oler y su sentido del olfato carece de la sofisticación necesaria para discernir la sutileza de los distintos niveles de un aroma y sus diversos significados.
Denny iba juntando las pequeñas bolsas llenas de mierda en una gran bolsa de compras de plástico. De tanto en tanto, se deshacía de ésta dejándola en el cubo de residuos del aparcamiento que había calle arriba. Tal vez lo hiciera porque no quería contaminar el suyo con mis heces. No sé.
A las cornejas, que se enorgullecen de ser primas de los cuervos y, por lo tanto, muy inteligentes, les encanta depredar bolsas de compras. Y muchas veces atacaban alguna que se quedaba en el porche cuando Denny o Eve compraban muchas cosas y las iban metiendo en la casa poco a poco. Son muy veloces, y un instante les basta para robar unos bizcochos o alguna otra cosa y huir.
En una ocasión, cuando yo era joven, las cornejas divisaron a Eve, que traía unas compras, y se apiñaron en un árbol ubicado en la linde misma de la propiedad. Eran muchísimas. Se mantenían en silencio, pues no querían llamar la atención, pero yo las había visto. Tras aparcar en el caminillo de entrada, Eve hizo varios viajes, llevando bolsas del coche al porche y de ahí a la casa. Las cornejas miraban. Se dieron cuenta de que Eve se había dejado una bolsa fuera.
Bueno. Son astutas, lo reconozco, porque no actuaron de inmediato. Miraron y esperaron hasta que Eve fue al piso superior, se desvistió y se metió en la bañera, como hacía a veces por las tardes, cuando se tomaba un día libre. Observaron hasta cerciorarse de que la puerta acristalada de la cocina estaba cerrada, de modo que no pudieran entrar asesinos ni violadores, ni yo pudiese salir. Entonces, se pusieron en acción.
Unas cuantas volaron hasta la bolsa y se pusieron a hurgarla con sus picos. Una se acercó a la puerta acristalada para provocarme y hacerme ladrar. Por lo general, me hubiese resistido, sólo por no darles el gusto, pero, como sabía qué estaban haciendo, ladré unas pocas veces, sólo las suficientes como para que pareciera que lo hacía en serio. No se alejaron. Querían burlarse de mí, que viera, sin poder hacer nada, cómo disfrutaban de los contenidos de la bolsa. Así que toda la bandada acudió al patio. Bailoteaban en círculos, me hacían muecas, aleteaban y llamaban a sus amigas. Desgarraron la bolsa de plástico y sepultaron sus picos en ella para comer toda la maravillosa comida, los deliciosos bocados que contenía. Las estúpidas aves comían; se llenaban el pico y tragaban, felices. Hasta que se dieron cuenta de que se estaban atiborrando con mi mierda.
¡Mi mierda!
¡Oh, las caras que pusieron! ¡El silencio atónito que se produjo! Cómo menearon las cabezas, cómo fueron todas a la fuente del vecino del otro lado de la calle a lavarse los picos.
Después regresaron. Limpias y furiosas. Cientos de ellas, miles, tal vez. Se plantaron en el porche y el terreno traseros. Había tantas que parecían una inmensa capa de brea y plumas. Fijaban en mí sus ojitos brillantes, como diciendo: «Sal, perrito, y verás cómo te arrancamos los ojos».
No salí. Y no tardaron en marcharse. Pero cuando Denny regresó del trabajo ese día, le echó un vistazo al jardín. Eve preparaba la cena y Zoë, que aún era pequeña, estaba sentada en su trona. Denny miró fuera y preguntó:
—¿Por qué hay tanta caca de pájaro en el porche?
Yo lo sabía. Si me hubiesen dado un ordenador como el de Stephen Hawking se lo hubiese dicho.
Salió, tomó la manguera y limpió el porche. Y recogió las bolsas de mierda rotas, desconcertado, aunque no dijo nada. Los árboles y los cables de teléfono estaban cubiertos de cornejas. Todas miraban. Yo no salí. Y cuando Denny quiso jugar a tirar la pelota, fingí que me sentía mal y me tumbé a dormir.
Fue divertido ver a todas esas estúpidas aves que se creen tan astutas con los picos llenos de mierda de perro. Pero, como ocurre con todo, hubo repercusiones. Desde entonces, mis pesadillas siempre están llenas de cornejas furiosas.
En bandadas.
miércoles, 21 de diciembre de 2011
miércoles, 2 de febrero de 2011
Fragmento "Marina" - Carlos Ruiz Zafón
Mi amigo Óscar es uno de esos príncipes sin reino que corren por ahí esperando que los beses para transformarlos en sapo. Lo entiende todo al revés y por eso me gusta tanto. La gente que piensa que lo entiende todo a derechas hace las cosas a izquierdas, y eso, viniendo de una zurda, lo dice todo.
Me mira y se cree que no le veo. Imagina que me evaporaré si me toca y que si no lo hace, se va a evaporar él. Me tiene en un pedestal tan alto que no sabe cómo subirse. Piensa que mis labios son la puerta del paraíso pero no sabe que están envenenados. Yo soy tan cobarde que por no perderle, no se lo digo. Finjo que no lo veo y que sí, que no me voy a evaporar
Mi amigo Óscar es uno de esos príncipes que harían bien manteniéndose alejados de los cuentos y de las princesas que los habitan. No sabe que es el príncipe azul quien tiene que besar a la bella durmiente para que despierte de su sueño eterno, pero eso es porque Óscar ignora que todos los cuentos son mentiras, aunque no todas las mentiras son cuentos. Los príncipes no son azules y las durmientes aunque sean bellas, nunca despiertan de su sueño.
Es el mejor amigo que nunca he tenido y, algún día me tropiezo con Merlín, le daré las gracias por haberlo cruzado en mi camino.
Me mira y se cree que no le veo. Imagina que me evaporaré si me toca y que si no lo hace, se va a evaporar él. Me tiene en un pedestal tan alto que no sabe cómo subirse. Piensa que mis labios son la puerta del paraíso pero no sabe que están envenenados. Yo soy tan cobarde que por no perderle, no se lo digo. Finjo que no lo veo y que sí, que no me voy a evaporar
Mi amigo Óscar es uno de esos príncipes que harían bien manteniéndose alejados de los cuentos y de las princesas que los habitan. No sabe que es el príncipe azul quien tiene que besar a la bella durmiente para que despierte de su sueño eterno, pero eso es porque Óscar ignora que todos los cuentos son mentiras, aunque no todas las mentiras son cuentos. Los príncipes no son azules y las durmientes aunque sean bellas, nunca despiertan de su sueño.
Es el mejor amigo que nunca he tenido y, algún día me tropiezo con Merlín, le daré las gracias por haberlo cruzado en mi camino.
Fragmento "Aunque seamos malditas"- Eugenia Rico
Nunca debí volver. Uno vuelve porque espera encontrar algo, algo que cree que dejó olvidado y luego descubre que lo ha dejado en otra parte o que nunca supo dónde estaba. Uno no debe volver a los sitios donde fue feliz y mucho menos a los lugares donde ha sufrido tanto.
Ahora sé que las avispas han sido necesarias. Nunca debí volver. No me ha esperado el mar. Ni las cuatro casas que quedan en pie con los tejados de pizarra invadidos por el musgo y las raíces de los robles enganchadas en los zaguanes. Mi abuela no me ha esperado ni siquiera en el cementerio. Hace tiempo que sus huesos fueron desenterrados y arrojados a la fosa común. Entonces yo era demasiado pequeña para evitarlo. Todos a los que quise han muerto hace tiempo.
A este lugar no ha llegado el turismo rural ni nadie que repare los baches de la carretera. El viento sopla hasta el viejo faro que ya no alumbra. Las gallinas son las únicas que todavía deambulan por el pueblo, pero hasta ellas parecen perdidas.
Ahora sé que las avispas han sido necesarias. Nunca debí volver. No me ha esperado el mar. Ni las cuatro casas que quedan en pie con los tejados de pizarra invadidos por el musgo y las raíces de los robles enganchadas en los zaguanes. Mi abuela no me ha esperado ni siquiera en el cementerio. Hace tiempo que sus huesos fueron desenterrados y arrojados a la fosa común. Entonces yo era demasiado pequeña para evitarlo. Todos a los que quise han muerto hace tiempo.
A este lugar no ha llegado el turismo rural ni nadie que repare los baches de la carretera. El viento sopla hasta el viejo faro que ya no alumbra. Las gallinas son las únicas que todavía deambulan por el pueblo, pero hasta ellas parecen perdidas.
martes, 27 de julio de 2010
Fragmento " El alma de los peces"- Antonio Gómez Rufo
Siempre hacía frío en la pequeña ciudad austriaca de Weisberg. Hasta bien entrado el mes de mayo las temperaturas eran tan bajas que las ráfagas de viento se volvían guadañas de hielo sesgando la ciudad. El aire mordía con pinzadas gélidas, removiendo un baile de teas heladas que se adentraban por cualquier resquicio de la piel, acrecentando las sensaciones de la crudeza de aquel ambiente glacial. A veces la altivez del frío obligaba a contraer los cuerpos; entonces dolía como el filo de una astilla en los ojos o la menta pura en los orificios de la nariz; se congelaba en los dientes apretados y entumecia los bordes de las orejas y las palmas de las manos cuarteando la piel, acorchando lso sentidos y endureciendo los hilos de seda invisible con que se atan los pensamientos más pequeños.
Era un frío arrogante y transparente que se no se dejaba ver. En cambio, el aire se quejaba de un modo tan filoso, penetrante, contínuo y monótono que muchos de loa habitantes de Weisberg pensaban que teminarían por perder la razón. Y así un día, un invierno y otro más, año tras año.
Luego, en los meses de junio y julio, el sol reparaba en la insolencia de los hielos y respiraba sobre los más endebles; pero si daban las cinco de la tarde y los carámbanos habían conseguido resistir sin deshacerse, tenían tiempo de buscar alianzas y crecer mientras la noche rezaba lentamente us horas, para que el sol del nuevo día no se atreviese con ellos.
Después, en agosto, volvía a nevar; y para septiembre todo quedaba envuelto en el silencio, otra vez. Las pisadas sobre el manto de la nevisca siempre eran mudas, y los gritos carecían de eco. En el invierno de Weisberg incluso las conversaciones eran sigilosas: sólo el martilleo continuo de los picos y las palas sobre la roca, el crepitar de los leños en el hogar y el vuelo de las risas acuátiles de las mujeres más jóvenes vencían la quietud del mutismo que se extencía por la ciudad y sus alrededores desde el lunes hasta el domingo, cuando el campanario de la iglesia se echaba a repicar músicas con la llamada a los servicios.
Un año, aún se recuerda, brilló el sol a finales de diciembre; se cruzaron miradas de miedo , corazones encogidos ypresentimientos aciagos.
Y en febrero de aquel año un día no nevó y la señora Meyer se pasó la mañana rezando, porque creyó que había llegado el fin del mundo: luego un caballo de pelo negro enloqueció al atardecer y por la anochecida una vaca adelantó treinta días su parto: inexplicablente tuvo tres terneros y, misteriosamente tambien, los tres nacieron muertos.
Todos los vecinos de Weisberg estaban convencidos de que bajo el paisaje nevado que se extendía ante sus ojos crecían verdes los pastos; pero sólo hubiesen podido saberlo si algún año el verano de hubiera hecho más largo o la bonanza se hubiera desdoblado como un mantel. Por ello, cuando contaban sus viejas historias después de cenar, loa ancianos asegutaban a los niños que las praderas estaban alli, dormidas esperando a que el mago de los imposibles cambiase el orden de los deignios para despertarlas y que así los pequeños pudiesen corretear sobre ellas; pero que eso no sucedería hasta que que la tierra diese setenta y siete vueltas completas alrededor de la luna, que daba una cada siete años y que todavía faltaban siete, o tal vez más; ahora que, si tenían paciencia, algún día podrían jugar sobre las praderas si tenían paciencia, algún día podrían jugar sobre las praderas esmeralda y carmín con sus hijos, o con los hijos de sus hijos ...; y así los niños se dormían soñando mundos más cálidos mientras se frotaban la nariz, porque a causa del frío había noches que no la sentían y les daba miedo dormirse, no fuese que descubriesen al amanecer que se la había robado el ánima furtiva del lago o el elfo vagabundo de las nieves.
En Weisberg los pinos se abrigaban poniéndose un tabardo de nieve; o enterrándose en ella.
Y Stefanie miraba por la ventana, cada tarde, por si lo veía pasar.
Era un frío arrogante y transparente que se no se dejaba ver. En cambio, el aire se quejaba de un modo tan filoso, penetrante, contínuo y monótono que muchos de loa habitantes de Weisberg pensaban que teminarían por perder la razón. Y así un día, un invierno y otro más, año tras año.
Luego, en los meses de junio y julio, el sol reparaba en la insolencia de los hielos y respiraba sobre los más endebles; pero si daban las cinco de la tarde y los carámbanos habían conseguido resistir sin deshacerse, tenían tiempo de buscar alianzas y crecer mientras la noche rezaba lentamente us horas, para que el sol del nuevo día no se atreviese con ellos.
Después, en agosto, volvía a nevar; y para septiembre todo quedaba envuelto en el silencio, otra vez. Las pisadas sobre el manto de la nevisca siempre eran mudas, y los gritos carecían de eco. En el invierno de Weisberg incluso las conversaciones eran sigilosas: sólo el martilleo continuo de los picos y las palas sobre la roca, el crepitar de los leños en el hogar y el vuelo de las risas acuátiles de las mujeres más jóvenes vencían la quietud del mutismo que se extencía por la ciudad y sus alrededores desde el lunes hasta el domingo, cuando el campanario de la iglesia se echaba a repicar músicas con la llamada a los servicios.
Un año, aún se recuerda, brilló el sol a finales de diciembre; se cruzaron miradas de miedo , corazones encogidos ypresentimientos aciagos.
Y en febrero de aquel año un día no nevó y la señora Meyer se pasó la mañana rezando, porque creyó que había llegado el fin del mundo: luego un caballo de pelo negro enloqueció al atardecer y por la anochecida una vaca adelantó treinta días su parto: inexplicablente tuvo tres terneros y, misteriosamente tambien, los tres nacieron muertos.
Todos los vecinos de Weisberg estaban convencidos de que bajo el paisaje nevado que se extendía ante sus ojos crecían verdes los pastos; pero sólo hubiesen podido saberlo si algún año el verano de hubiera hecho más largo o la bonanza se hubiera desdoblado como un mantel. Por ello, cuando contaban sus viejas historias después de cenar, loa ancianos asegutaban a los niños que las praderas estaban alli, dormidas esperando a que el mago de los imposibles cambiase el orden de los deignios para despertarlas y que así los pequeños pudiesen corretear sobre ellas; pero que eso no sucedería hasta que que la tierra diese setenta y siete vueltas completas alrededor de la luna, que daba una cada siete años y que todavía faltaban siete, o tal vez más; ahora que, si tenían paciencia, algún día podrían jugar sobre las praderas si tenían paciencia, algún día podrían jugar sobre las praderas esmeralda y carmín con sus hijos, o con los hijos de sus hijos ...; y así los niños se dormían soñando mundos más cálidos mientras se frotaban la nariz, porque a causa del frío había noches que no la sentían y les daba miedo dormirse, no fuese que descubriesen al amanecer que se la había robado el ánima furtiva del lago o el elfo vagabundo de las nieves.
En Weisberg los pinos se abrigaban poniéndose un tabardo de nieve; o enterrándose en ella.
Y Stefanie miraba por la ventana, cada tarde, por si lo veía pasar.
Fragmentos "Si tu supieras" - Antonio Gómez Rufo
.... \ Andrea cometió dos equivocaciones: desnudarse en los brazos de un
hombre y permitir que él le presentara a su mujer. Dos errores sobre los
que ahora medita mientras camina a buen paso, con la cara alta, rasgando
la brisa, la nariz fría y los ojos húmedos, cruzando la noche desierta del
domingo por los claroscuros de las calles de Barcelona. La noche es azul,
como la soledad, como la penumbra, de un azul oscuro sin brillo contra el
que las farolas recortadas falsean las sensaciones y engañan, quieren hacer
de la noche día, iluminándolo todo, pero sólo son lunas de metal y hielo,
mantos de luz fría, ceniza, capas de polvo que no cubren todas las esquinas
porque respetan el escondrijo de los seres ciegos, los más necesitados. La
noche es un armario ropero lleno de secretos difíciles de descubrir. Para
Andrea, cruzar la noche desierta es abrir un grifo y dejar correr los
pensamientos cobardes que se deslumbran al sol, es como olvidarse de
quitar la leche del fuego: no puede evitar que se desborden las confesiones
que nunca le hizo a Carmen.
Aún soporta un leve dolor que se empieza a alejar, pero del que ha
de seguir sacándose las astillas, una a una, con las pinzas de depilar, como
si se hubiese tumbado sobre las púas de un cardo, como si se hubiese
tendido a la sombra de sus pensamientos. El pasado puede romperse, se
puede hacer trizas, pero lo verdaderamente difícil es olvidarlo. El pasado
duele hasta que ennegrece y se hace tizones en la chimenea, lo consume el
fuego y el viento esparce las cenizas más allá del tiempo y de la ausencia.
A Andrea le duele el pasado, le quema tanto en los pulmones y en los
recuerdos que intenta hacer con él un pacto de no agresión, un acuerdo
difícil que aún no ha logrado firmar aunque cada amanecer desenfunda la
pluma y tacha una cruz en el aire.../
... /Mientras camina, piensa que sin duda fue un error abrir las puertas a
un desconocido que no sabía encender la luz, hacer fuego ni golpear con
suavidad la aldaba que dibujaba erizos en su piel; pero en seguida se da
cuenta de que no es de él de quien se acuerda, lo cierto es que está
pensando otra vez en ella, en Carmen, otra vez, y que el error más grave
fue dejarse cegar por el resplandor de su mirada de necesidad y
azabache.
Ahora ya sabe que se equivocó dos veces, pero no se arrepiente. Lo único
que siente es no haber sido mayor para haber controlado mejor sus
sentimientos y darse cuenta de que se estaba derrumbando el mundo a su
alrededor, sin comprenderlo, para haber estado preparada y no encontrarse
ahora en esta situación. Sabe que se equivocó y le duele, pero también
sabe que amó, y se consuela pensando que eso lo compensa todo...\
...\ Es imposible describir la soledad; para descubrir su peso hay que entrar en ella como se adentra un niño en la Casa del Terror del parque de atracciones. Es grande, es negra, es alta, es honda. Y no deja que mires afuera porque no hay nada detrás. Cuanto más se avanza por las tortuosas callejuelas de la soledad, más artítrico es el laberinto que queda por recorrer. Y ni el miedo es el sentimiento más poderoso. La soledad desnueda de sensaciones la mente; en su ambnición sólo encuentra sitio para ella.
Mientras se siente la soledad es indiferente que los árboles agiten sus hojas, que los niños tropiecen y se raspen las rodillas o que el cielo se nuble por un momento. Las madres que lloran en los abismos de África por sus hijos muertos de hambre, son sólo un paisaje. La soledad arrastra en su vuelo torpe a los buitres del egoismo, de la indiferencia y del deseo de morir. Sólo la rabia del desamor es más fuerte que la soledad, como sólo el destierro es más doloroso que el silencio.../
hombre y permitir que él le presentara a su mujer. Dos errores sobre los
que ahora medita mientras camina a buen paso, con la cara alta, rasgando
la brisa, la nariz fría y los ojos húmedos, cruzando la noche desierta del
domingo por los claroscuros de las calles de Barcelona. La noche es azul,
como la soledad, como la penumbra, de un azul oscuro sin brillo contra el
que las farolas recortadas falsean las sensaciones y engañan, quieren hacer
de la noche día, iluminándolo todo, pero sólo son lunas de metal y hielo,
mantos de luz fría, ceniza, capas de polvo que no cubren todas las esquinas
porque respetan el escondrijo de los seres ciegos, los más necesitados. La
noche es un armario ropero lleno de secretos difíciles de descubrir. Para
Andrea, cruzar la noche desierta es abrir un grifo y dejar correr los
pensamientos cobardes que se deslumbran al sol, es como olvidarse de
quitar la leche del fuego: no puede evitar que se desborden las confesiones
que nunca le hizo a Carmen.
Aún soporta un leve dolor que se empieza a alejar, pero del que ha
de seguir sacándose las astillas, una a una, con las pinzas de depilar, como
si se hubiese tumbado sobre las púas de un cardo, como si se hubiese
tendido a la sombra de sus pensamientos. El pasado puede romperse, se
puede hacer trizas, pero lo verdaderamente difícil es olvidarlo. El pasado
duele hasta que ennegrece y se hace tizones en la chimenea, lo consume el
fuego y el viento esparce las cenizas más allá del tiempo y de la ausencia.
A Andrea le duele el pasado, le quema tanto en los pulmones y en los
recuerdos que intenta hacer con él un pacto de no agresión, un acuerdo
difícil que aún no ha logrado firmar aunque cada amanecer desenfunda la
pluma y tacha una cruz en el aire.../
... /Mientras camina, piensa que sin duda fue un error abrir las puertas a
un desconocido que no sabía encender la luz, hacer fuego ni golpear con
suavidad la aldaba que dibujaba erizos en su piel; pero en seguida se da
cuenta de que no es de él de quien se acuerda, lo cierto es que está
pensando otra vez en ella, en Carmen, otra vez, y que el error más grave
fue dejarse cegar por el resplandor de su mirada de necesidad y
azabache.
Ahora ya sabe que se equivocó dos veces, pero no se arrepiente. Lo único
que siente es no haber sido mayor para haber controlado mejor sus
sentimientos y darse cuenta de que se estaba derrumbando el mundo a su
alrededor, sin comprenderlo, para haber estado preparada y no encontrarse
ahora en esta situación. Sabe que se equivocó y le duele, pero también
sabe que amó, y se consuela pensando que eso lo compensa todo...\
...\ Es imposible describir la soledad; para descubrir su peso hay que entrar en ella como se adentra un niño en la Casa del Terror del parque de atracciones. Es grande, es negra, es alta, es honda. Y no deja que mires afuera porque no hay nada detrás. Cuanto más se avanza por las tortuosas callejuelas de la soledad, más artítrico es el laberinto que queda por recorrer. Y ni el miedo es el sentimiento más poderoso. La soledad desnueda de sensaciones la mente; en su ambnición sólo encuentra sitio para ella.
Mientras se siente la soledad es indiferente que los árboles agiten sus hojas, que los niños tropiecen y se raspen las rodillas o que el cielo se nuble por un momento. Las madres que lloran en los abismos de África por sus hijos muertos de hambre, son sólo un paisaje. La soledad arrastra en su vuelo torpe a los buitres del egoismo, de la indiferencia y del deseo de morir. Sólo la rabia del desamor es más fuerte que la soledad, como sólo el destierro es más doloroso que el silencio.../
lunes, 22 de junio de 2009
Fragmento "La reina de las nieves" - Carmen Martín Gaite
/... Y de repente empecé a soltar cuerda a la cometa de la fantasía, ¿Quién me impide viajar, soñar, salir en busca de aventuras, ir tejiendo la noche con mis pasos, surcarla, poseerla? De la posibilidad de poner proa a cualquier rumbo no me separaban los barrotes. Y me acordè de la canción de Moustaki que tanto me consolaba canturrear en la cárcel.
Todo posible, nada prohibido. Soñar como Moustaki, una vida sin rutinas ni proyectos. Ver visiones como Don Quijote. Abiertas ante mi la ciudad y la noche. Tal vez me esperaba alguien, y si no, las aventuras se sueñan.
_____________________________________________________________________
/...- Lo importante es que te vayas a gusto ¿Te vas a gusto?
- Es que no sé. ¿Conoces El hombre que perdió su sombra?
- Si.
- Pues así estoy, como el personaje de Chamisso. Mi sombra está en la infancia, en unos árboles que se movían mientras cantaba mi madre. Es una historia de las que no tienen arreglo, por mucho que se lo busques. Andar sin sombra da vértigo.
Se había hecho un ovillo debajo de la manta y hablaba muy bajito, como para ella misma.
- Pero el vértigo sólo dura algunos ratos, mujer. Se cura durmiendo. No pienses en nada, anda, no te desveles más ¿Quieres que te recite un poema?
Asintió con los ojos cerrados. Su respiración era ahora más regular y acompasada, como la de un niño a punto de dormirse. Me concentré, procurando hacer memoria. Me lo había recitado Clara, aquella tarde delante de la iglesia de San Zeno. Venía en un libro que compré luego y que también se perdió. Aunque no del todo sus palabras. Es un poema de Cavafis. Lo empecé a recitar despacito, en aquel cuarto revuelto y mal iluminado a modo de nana para el recuerdo. Y no sabía a quien se lo estaba dedicando, Seguramente a mi mismo, como siempre. Me desdoblaba en dos perfiles enfrentados que trataban de inflar el globo de la noche, de ponerle un remiendo más.
Hice una pausa, sospechando que me había saltado alguna estrofa. No me acordaba de más. Mónica emitió un gemido de placer.
- ¿Ya no tienes ganas de llorar?
Negó con la cabeza.Sonreía adormilada
- ¿Y tú? - preguntó después de un rato, sin abrir los ojos, con una voz confusa que casi no se le entendía.
- ¿Yo? No,. mujer. Los ángeles de las despedidas nunca lloran. Ni duermen. Me voy a quedar ahí afuera, cosiendo con tus sueños viejos una silueta de sombra para que te acompañe en tu viaje a Itaca. Te la coseré a los pies. Y así el cuento acabará bien. Un remiendo que tal vez dure poco, porque nada en este mundo dura mucho, pero también se puede disfrutar de lo efímero, ¿no te parece?
Sans projets
et sans habitude
nous pourrons rêver
notre vie,
Viens, je suis là
je n'attends que toi,
tout est possible
tout est permis.
et sans habitude
nous pourrons rêver
notre vie,
Viens, je suis là
je n'attends que toi,
tout est possible
tout est permis.
Todo posible, nada prohibido. Soñar como Moustaki, una vida sin rutinas ni proyectos. Ver visiones como Don Quijote. Abiertas ante mi la ciudad y la noche. Tal vez me esperaba alguien, y si no, las aventuras se sueñan.
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/...- Lo importante es que te vayas a gusto ¿Te vas a gusto?
- Es que no sé. ¿Conoces El hombre que perdió su sombra?
- Si.
- Pues así estoy, como el personaje de Chamisso. Mi sombra está en la infancia, en unos árboles que se movían mientras cantaba mi madre. Es una historia de las que no tienen arreglo, por mucho que se lo busques. Andar sin sombra da vértigo.
Se había hecho un ovillo debajo de la manta y hablaba muy bajito, como para ella misma.
- Pero el vértigo sólo dura algunos ratos, mujer. Se cura durmiendo. No pienses en nada, anda, no te desveles más ¿Quieres que te recite un poema?
Asintió con los ojos cerrados. Su respiración era ahora más regular y acompasada, como la de un niño a punto de dormirse. Me concentré, procurando hacer memoria. Me lo había recitado Clara, aquella tarde delante de la iglesia de San Zeno. Venía en un libro que compré luego y que también se perdió. Aunque no del todo sus palabras. Es un poema de Cavafis. Lo empecé a recitar despacito, en aquel cuarto revuelto y mal iluminado a modo de nana para el recuerdo. Y no sabía a quien se lo estaba dedicando, Seguramente a mi mismo, como siempre. Me desdoblaba en dos perfiles enfrentados que trataban de inflar el globo de la noche, de ponerle un remiendo más.
Cuando el viaje emprendas hacia Itaca
haz votos porque sea larga la jornada
Llegar allí es tu vocación. No debes,
sin embargo, forzar la travesía.
haz votos porque sea larga la jornada
Llegar allí es tu vocación. No debes,
sin embargo, forzar la travesía.
Hice una pausa, sospechando que me había saltado alguna estrofa. No me acordaba de más. Mónica emitió un gemido de placer.
- ¿Ya no tienes ganas de llorar?
Negó con la cabeza.Sonreía adormilada
- ¿Y tú? - preguntó después de un rato, sin abrir los ojos, con una voz confusa que casi no se le entendía.
- ¿Yo? No,. mujer. Los ángeles de las despedidas nunca lloran. Ni duermen. Me voy a quedar ahí afuera, cosiendo con tus sueños viejos una silueta de sombra para que te acompañe en tu viaje a Itaca. Te la coseré a los pies. Y así el cuento acabará bien. Un remiendo que tal vez dure poco, porque nada en este mundo dura mucho, pero también se puede disfrutar de lo efímero, ¿no te parece?
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Carmen Martín Gaite,
La reina de las nieves
Fragmento II "Tierras de cristal" - Alessandro Baricco
" Aquellas dos imágenes le habían entrado por los ojos como la instantánea percepción de la felicidad absoluta y sin condiciones. Se las llevaría consigo para siempre. Porque es así como te fastidia la vida. Te pilla cuando todavía tienes el alma adormecida y siembra en su interior una imagen, o un olor, o un sonído que después ya nunca puedes sacarte de encima. Y aquélla era la felicidad. Lo descubres después, cuando ya es demasiado tarde. Y ya eres, para siempre, un exiliado: a miles de kilómetros de aquella imagen, de aquel sonido, de aquel olor. A la deriva.
- Alessandro Barico-
- Alessandro Barico-
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