martes, 27 de julio de 2010

Fragmento " El alma de los peces"- Antonio Gómez Rufo

Siempre hacía frío en la pequeña ciudad austriaca de Weisberg. Hasta bien entrado el mes de mayo las temperaturas eran tan bajas que las ráfagas de viento se volvían guadañas de hielo sesgando la ciudad. El aire mordía con pinzadas gélidas, removiendo un baile de teas heladas que se adentraban por cualquier resquicio de la piel, acrecentando las sensaciones de la crudeza de aquel ambiente glacial. A veces la altivez del frío obligaba a contraer los cuerpos; entonces dolía como el filo de una astilla en los ojos o la menta pura en los orificios de la nariz; se congelaba en los dientes apretados y entumecia los bordes de las orejas y las palmas de las manos cuarteando la piel, acorchando lso sentidos y endureciendo los hilos de seda invisible con que se atan los pensamientos más pequeños.

Era un frío arrogante y transparente que se no se dejaba ver. En cambio, el aire se quejaba de un modo tan filoso, penetrante, contínuo y monótono que muchos de loa habitantes de Weisberg pensaban que teminarían por perder la razón. Y así un día, un invierno y otro más, año tras año.

Luego, en los meses de junio y julio, el sol reparaba en la insolencia de los hielos y respiraba sobre los más endebles; pero si daban las cinco de la tarde y los carámbanos habían conseguido resistir sin deshacerse, tenían tiempo de buscar alianzas y crecer mientras la noche rezaba lentamente us horas, para que el sol del nuevo día no se atreviese con ellos.

Después, en agosto, volvía a nevar; y para septiembre todo quedaba envuelto en el silencio, otra vez. Las pisadas sobre el manto de la nevisca siempre eran mudas, y los gritos carecían de eco. En el invierno de Weisberg incluso las conversaciones eran sigilosas: sólo el martilleo continuo de los picos y las palas sobre la roca, el crepitar de los leños en el hogar y el vuelo de las risas acuátiles de las mujeres más jóvenes vencían la quietud del mutismo que se extencía por la ciudad y sus alrededores desde el lunes hasta el domingo, cuando el campanario de la iglesia se echaba a repicar músicas con la llamada a los servicios.

Un año, aún se recuerda, brilló el sol a finales de diciembre; se cruzaron miradas de miedo , corazones encogidos ypresentimientos aciagos.

Y en febrero de aquel año un día no nevó y la señora Meyer se pasó la mañana rezando, porque creyó que había llegado el fin del mundo: luego un caballo de pelo negro enloqueció al atardecer y por la anochecida una vaca adelantó treinta días su parto: inexplicablente tuvo tres terneros y, misteriosamente tambien, los tres nacieron muertos.

Todos los vecinos de Weisberg estaban convencidos de que bajo el paisaje nevado que se extendía ante sus ojos crecían verdes los pastos; pero sólo hubiesen podido saberlo si algún año el verano de hubiera hecho más largo o la bonanza se hubiera desdoblado como un mantel. Por ello, cuando contaban sus viejas historias después de cenar, loa ancianos asegutaban a los niños que las praderas estaban alli, dormidas esperando a que el mago de los imposibles cambiase el orden de los deignios para despertarlas y que así los pequeños pudiesen corretear sobre ellas; pero que eso no sucedería hasta que que la tierra diese setenta y siete vueltas completas alrededor de la luna, que daba una cada siete años y que todavía faltaban siete, o tal vez más; ahora que, si tenían paciencia, algún día podrían jugar sobre las praderas si tenían paciencia, algún día podrían jugar sobre las praderas esmeralda y carmín con sus hijos, o con los hijos de sus hijos ...; y así los niños se dormían soñando mundos más cálidos mientras se frotaban la nariz, porque a causa del frío había noches que no la sentían y les daba miedo dormirse, no fuese que descubriesen al amanecer que se la había robado el ánima furtiva del lago o el elfo vagabundo de las nieves.

En Weisberg los pinos se abrigaban poniéndose un tabardo de nieve; o enterrándose en ella.

Y Stefanie miraba por la ventana, cada tarde, por si lo veía pasar.

Fragmentos "Si tu supieras" - Antonio Gómez Rufo

.... \ Andrea cometió dos equivocaciones: desnudarse en los brazos de un
hombre y permitir que él le presentara a su mujer. Dos errores sobre los
que ahora medita mientras camina a buen paso, con la cara alta, rasgando
la brisa, la nariz fría y los ojos húmedos, cruzando la noche desierta del
domingo por los claroscuros de las calles de Barcelona. La noche es azul,
como la soledad, como la penumbra, de un azul oscuro sin brillo contra el
que las farolas recortadas falsean las sensaciones y engañan, quieren hacer
de la noche día, iluminándolo todo, pero sólo son lunas de metal y hielo,
mantos de luz fría, ceniza, capas de polvo que no cubren todas las esquinas
porque respetan el escondrijo de los seres ciegos, los más necesitados. La
noche es un armario ropero lleno de secretos difíciles de descubrir. Para
Andrea, cruzar la noche desierta es abrir un grifo y dejar correr los
pensamientos cobardes que se deslumbran al sol, es como olvidarse de
quitar la leche del fuego: no puede evitar que se desborden las confesiones
que nunca le hizo a Carmen.

Aún soporta un leve dolor que se empieza a alejar, pero del que ha
de seguir sacándose las astillas, una a una, con las pinzas de depilar, como
si se hubiese tumbado sobre las púas de un cardo, como si se hubiese
tendido a la sombra de sus pensamientos. El pasado puede romperse, se
puede hacer trizas, pero lo verdaderamente difícil es olvidarlo. El pasado
duele hasta que ennegrece y se hace tizones en la chimenea, lo consume el
fuego y el viento esparce las cenizas más allá del tiempo y de la ausencia.
A Andrea le duele el pasado, le quema tanto en los pulmones y en los
recuerdos que intenta hacer con él un pacto de no agresión, un acuerdo
difícil que aún no ha logrado firmar aunque cada amanecer desenfunda la
pluma y tacha una cruz en el aire.../

... /Mientras camina, piensa que sin duda fue un error abrir las puertas a
un desconocido que no sabía encender la luz, hacer fuego ni golpear con
suavidad la aldaba que dibujaba erizos en su piel; pero en seguida se da
cuenta de que no es de él de quien se acuerda, lo cierto es que está
pensando otra vez en ella, en Carmen, otra vez, y que el error más grave
fue dejarse cegar por el resplandor de su mirada de necesidad y
azabache.

Ahora ya sabe que se equivocó dos veces, pero no se arrepiente. Lo único
que siente es no haber sido mayor para haber controlado mejor sus
sentimientos y darse cuenta de que se estaba derrumbando el mundo a su
alrededor, sin comprenderlo, para haber estado preparada y no encontrarse
ahora en esta situación. Sabe que se equivocó y le duele, pero también
sabe que amó, y se consuela pensando que eso lo compensa todo...\

...\ Es imposible describir la soledad; para descubrir su peso hay que entrar en ella como se adentra un niño en la Casa del Terror del parque de atracciones. Es grande, es negra, es alta, es honda. Y no deja que mires afuera porque no hay nada detrás. Cuanto más se avanza por las tortuosas callejuelas de la soledad, más artítrico es el laberinto que queda por recorrer. Y ni el miedo es el sentimiento más poderoso. La soledad desnueda de sensaciones la mente; en su ambnición sólo encuentra sitio para ella.

Mientras se siente la soledad es indiferente que los árboles agiten sus hojas, que los niños tropiecen y se raspen las rodillas o que el cielo se nuble por un momento. Las madres que lloran en los abismos de África por sus hijos muertos de hambre, son sólo un paisaje. La soledad arrastra en su vuelo torpe a los buitres del egoismo, de la indiferencia y del deseo de morir. Sólo la rabia del desamor es más fuerte que la soledad, como sólo el destierro es más doloroso que el silencio.../

lunes, 22 de junio de 2009

Fragmento "La reina de las nieves" - Carmen Martín Gaite

/... Y de repente empecé a soltar cuerda a la cometa de la fantasía, ¿Quién me impide viajar, soñar, salir en busca de aventuras, ir tejiendo la noche con mis pasos, surcarla, poseerla? De la posibilidad de poner proa a cualquier rumbo no me separaban los barrotes. Y me acordè de la canción de Moustaki que tanto me consolaba canturrear en la cárcel.

Sans projets
et sans habitude
nous pourrons rêver
notre vie,
Viens, je suis là
je n'attends que toi,
tout est possible
tout est permis.


Todo posible, nada prohibido. Soñar como Moustaki, una vida sin rutinas ni proyectos. Ver visiones como Don Quijote. Abiertas ante mi la ciudad y la noche. Tal vez me esperaba alguien, y si no, las aventuras se sueñan.

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/...- Lo importante es que te vayas a gusto ¿Te vas a gusto?

- Es que no sé. ¿Conoces El hombre que perdió su sombra?

- Si.

- Pues así estoy, como el personaje de Chamisso. Mi sombra está en la infancia, en unos árboles que se movían mientras cantaba mi madre. Es una historia de las que no tienen arreglo, por mucho que se lo busques. Andar sin sombra da vértigo.

Se había hecho un ovillo debajo de la manta y hablaba muy bajito, como para ella misma.

- Pero el vértigo sólo dura algunos ratos, mujer. Se cura durmiendo. No pienses en nada, anda, no te desveles más ¿Quieres que te recite un poema?

Asintió con los ojos cerrados. Su respiración era ahora más regular y acompasada, como la de un niño a punto de dormirse. Me concentré, procurando hacer memoria. Me lo había recitado Clara, aquella tarde delante de la iglesia de San Zeno. Venía en un libro que compré luego y que también se perdió. Aunque no del todo sus palabras. Es un poema de Cavafis. Lo empecé a recitar despacito, en aquel cuarto revuelto y mal iluminado a modo de nana para el recuerdo. Y no sabía a quien se lo estaba dedicando, Seguramente a mi mismo, como siempre. Me desdoblaba en dos perfiles enfrentados que trataban de inflar el globo de la noche, de ponerle un remiendo más.

Cuando el viaje emprendas hacia Itaca
haz votos porque sea larga la jornada
Llegar allí es tu vocación. No debes,
sin embargo, forzar la travesía.

Hice una pausa, sospechando que me había saltado alguna estrofa. No me acordaba de más. Mónica emitió un gemido de placer.

- ¿Ya no tienes ganas de llorar?

Negó con la cabeza.Sonreía adormilada

- ¿Y tú? - preguntó después de un rato, sin abrir los ojos, con una voz confusa que casi no se le entendía.

- ¿Yo? No,. mujer. Los ángeles de las despedidas nunca lloran. Ni duermen. Me voy a quedar ahí afuera, cosiendo con tus sueños viejos una silueta de sombra para que te acompañe en tu viaje a Itaca. Te la coseré a los pies. Y así el cuento acabará bien. Un remiendo que tal vez dure poco, porque nada en este mundo dura mucho, pero también se puede disfrutar de lo efímero, ¿no te parece?

Fragmento II "Tierras de cristal" - Alessandro Baricco

" Aquellas dos imágenes le habían entrado por los ojos como la instantánea percepción de la felicidad absoluta y sin condiciones. Se las llevaría consigo para siempre. Porque es así como te fastidia la vida. Te pilla cuando todavía tienes el alma adormecida y siembra en su interior una imagen, o un olor, o un sonído que después ya nunca puedes sacarte de encima. Y aquélla era la felicidad. Lo descubres después, cuando ya es demasiado tarde. Y ya eres, para siempre, un exiliado: a miles de kilómetros de aquella imagen, de aquel sonido, de aquel olor. A la deriva.

- Alessandro Barico-

Fragmento de "El volumen de la ausencia" - Mercedes Salisachs

... Sin embargo el tiempo ha pasado deprisa en los últimos doce años, Juan. Parece una ironía, pero lo cierto es que nada es más veloz que un largo lapso sin ilusiones.
No es verdad que el tiempo tarda en transcurrir cuando la vida no nos interesa. La propia monotonía y la falta de relieves lo despedaza; es decir, lo unifica, lo convierte en una dimensión sin metas ni puntos de partida.
De pronto, nos damos cuenta de que los años se nos han ido de las manos, de que hemos sido burlados por su fugacidaz. Y es que todas las horas del día han sido mortalmente iguales: todas vacías, todas carentes de emoción.
Por eso cuando te fuiste, la vida fue para mí como una recta final; una pendiente vertiginosa hacia el vacío.
Todo era siempre lo mismo, y los acontecimientos jamás tenían futuro: sólo recuerdos."Aquello sucedió antes de que Juan se fuera, o después de que Juan y yo nos vimos por primera vez, o a poco de inaugurarse la exposición de Juan, el estudio de Juan, el coche de Juan ... "
Así iba envejeciendo yo: teniendote a tí como punto de referencia, contando los años como si fueran horas y los lustros como si fueran años.
Hasta las Navidades se sucedían unas tras otras igual que si entre cada una de ellas no mediaran trescientos sesenta y cinco días completos.
También las estaciones volaban. Tanto que, a menudo, cuando pensaba en alguna de ellas , no sabía precisar si ya se había cumplido o si estaba aún por llegar.
En cambio, cuando aún no te habías ido, cada segundo tenía una medida, cada instante se nutría de sentido. Por eso el tiempo podía dosificarse, ensancharse y hasta prolongarse. Pero esa facultad de medir la vida por milimetros y por fracciones cabe cuando se viven situaciones relevantes.
Ahora lo esencial es pensar que el tiempo no existe, que tanto el pasado como el futuro no es más que un gigantesco presente.


Sería interesante hacer el recuento de los sobresaltos , los desengaños y las heridas que vamos acumulando a lo largo de nuestro transitar por la vida. Y medirlos. Llegar a conocer con exactitud lo que nos ha afectado o nos ha dolido.
Vistos en perspectiva, no parece que sean los grandes acontecimientos los que han contribuido a los cambios opticos o a la transformación de nuestros esquemas.
Son las circunstancias pequeñas; esos procesos rezagados que tanto se relacionan con los comportamientos ajenos, las miradas furtivas, las displicencias inesperadas ... Problemente la humanidad entera está enferma de ese tipo de procesos.


Una vez me dijiste que no bastaba derribar y construir sobre los derribos para sentirnos seguros: "Es preciso tambien recordar los derribos, analizarlos a fondo, para evitar que las nuevas construcciones sufran los mismos errores"
Entonces no llegué a entenderte, con frecuencia te expresabas de un modo metafórico, y yo problamente no estaba preparada para asimilar tus ideas.
Las comprendo ahora, Juan: después de esos doce años vacios de tu presencia, pero tremendamente llenos de tu ausencia. ¿Sabías tú que también las ausencias pueden tener volumen? La tuya lo tuvo. Fue un volumen lleno de ti, de tus palabras dichas al desgaire, y de las que ni siquiera me habías dicho pero que yo adivinaba; de coloquios interminables entre tu yo lejano y mi propia soledad, siempre presente. Un volumen cada vez más hinchado de ti; de evocaciones que mientras eran aún hechos cotidianos apenas tenían dimensión ni grosor, pero que a medida que los años transcurrían, iban creciendo y creciendo: miradas, gestos, ademanes,actitudes. Realidades, en fin, que no por pertenecer al ayer dejaban de serlo: "Nadie puede arrebatarme el recuerdo", pensaba muy a menudo. Y nadie, tampoco, podía disminuirlo, deshincharlo. Cada instante que había vivido contigo estaba allí, en los departamentos estancos y secretos de mi conciencia.


- ¿Hasta cuándo vas a seguir queriéndome , Juan? Todos estamos expuestos a ser inconstantes -
- Nunca habrá un "Hasta cuando""entre nosotros, Ida. El secreto está en sincronizar los relojes de nuestro cariño -
Lo malo era que los relojes no se habían sincronizado. Los relojes de aquel amor habían ido marcando horas distintas, desmanteladas y cada vez más divergentes.
La ausencia es mucho más que un espacio vacío y un tiempo sin horas.
La ausencia es también un dejar de conjugar ensoñaciones y un sufrir agonías por trances dispares, y un resurgir alegrías distintas o desencantos contradictorios , todo ello desconectado de lo que fue un compartir continuo.

sábado, 20 de junio de 2009

Fragmento " La Elegancia del erizo" - Muriel Barbery

... /“La eternidad se nos escapa.

Tales días, en los que naufragan en el altar de nuestra naturaleza profunda todas las creencias románticas, políticas, intelectuales, metafísicas y morales que años de educación y cultura han tratado de imprimir en nosotros, la sociedad, campo territorial agitado por ondas jerárquicas, se sume en la nada del Sentido. Adiós a los pobres y a los ricos, a los pensadores, a los investigadores, a los dirigentes, a los esclavos, a los buenos y a los malos, a los creativos y los concienzudos, a los sindicalistas y a los individualistas, a los progresistas y a los conservadores; ya no son sino homínidos primitivos cuyas muecas y sonrisas, gestos, adorno, lenguaje y códigos inscritos en el mapa genético del primate medio, solo significan esto: representar su papel o morir.

Esos días uno necesita desesperadamente el Arte.” ...\

... /“Por primera vez en mi vida, he sentido el significado de la palabra nunca. Pues bien, es horrible. Pronunciamos esa palabra cien veces al día pero no sabemos lo que decimos antes de habernos enfrentado a un verdadero nunca más. El caso es que uno siempre tiene la ilusión de que controla lo que ocurre; nada parece definitivo. Por mucho que me dijera estas últimas semanas que me iba a a suicidar, ¿de verdad lo creía?¿De verdad me hacía sentir esta decisión el significado de la palabra nunca? En absoluto. Me hacía sentir mi poder de decidir. Pero cuando alguien a quien se quiere muere… entonces de verdad os digo que uno siente lo que significa, y hace mucho, mucho daño. Es como un castillo de fuegos artificiales que se apagara de golpe y todo quedara negro. Me siento sola, enferma, me duele el corazón y cada movimiento me cuesta unos esfuerzos titánicos.”...\


... /"Quienes, como yo, se sienten inspirados por la grandeza de las cosas pequeñas, la buscan hasta en el corazón de lo no esencial, allí donde, ataviada con indumentaria cotidiana, surge de cierto ordenamiento de las cosas corrientes y de la certeza de que es como tiene que ser, de la convicción de que asi está bien"... \

Muriel Barbery

Fragmento "Tierras de cristal" - Alessandro Baricco

Suceden cosas que son como preguntas. Pasa un minuto, o tal vez años, y después la vida responde. La historia de Morivar es una de esas cosas.

Cuando el señor Rail no era más que un muchacho, fue un día a Morivar porque en Morivar estaba el mar.
Y allí fue donde vio a Jun.
Y pensó: viviré con ella.
Jun estaba en medio de la gente. Estaban esperando para embarcarse en un navío que se llamaba Adel. Equipajes, niños, gritos y silencios. El cielo estaba limpio y se anunciaba tormenta. Extrañezas.
-Me llamo Dann Rail.
-¿Y qué?
-No, nada, lo que quería decir es que... ¿te marchas?
-Sí.
-¿A dónde vas?
-¿Y tú?
-Yo a ninguna parte. No me marcho.
-¿Y qué estás haciendo aquí?
-He venido a recoger a alguien.
-¿A quién?
-A ti.
/ Tenías que verla, Andersson, qué belleza... Tenía una sola maleta, apoyada en el suelo, y en la mano un paquete que mantenía aferrado, que no abandonaba nunca, aquel día no lo abandonó ni un momento. No quería marcharse de allí, quería subir a aquel barco, y entonces yo le pregunté «¿Volverás?» y ella contestó «No». Y yo dije «Entonces no creo que te convenga marcharte de verdad», así se lo dije. «Y ¿por qué?» Me preguntó: «Y ¿por qué?» /
-Porque ¿cómo te las vas a arreglar para vivir conmigo?
/ Y entonces ella se rió, era la primera vez que la veía reírse, y tú sabes bien, Andersson, cómo es Jun cuando se ríe, no es que uno pueda quedarse ahí y hacer como si no hubiera pasado nada, si está Jun delante riéndose, está claro que uno acaba por pensar si yo no beso a esta mujer me volveré loco. Y yo pensé: si no beso a esta chica me volveré loco. Obviamente no era eso exactamente lo que pensaba ella también, pero lo que es más importante es que se rió, te lo juro, ella estaba allí, en medio de toda aquella gente, aferrando su paquete entre los brazos y se rió /
Faltaban todavía dos horas para la salida del Adel. El señor Rail comunicó a Jun que si no iba a beber algo con él, se ataría una enorme piedra al cuello, se tiraría al agua del puerto, y la enorme piedra, al hundirse en el agua, desgarraría la quilla del Adel, que se hundiría chocando contra el barco de al lado, el cual, al tener la bodega llena de pólvora, estallaría con un terrorífico fragor levantando llamaradas de una altura de diez metros que en poco tiempo...
-Vale, vale, antes de que se queme el pueblo entero vayamos a beber algo, ¿de acuerdo?
Él cogió la maleta, ella siguió aferrando su paquete. La taberna estaba a un centenar de metros de allí. Se llamaba Señor Dios. No era un nombre de taberna.
El señor Rail tenía dos horas de tiempo, tal vez menos. Sabía adónde quería llegar, pero no sabía por dónde empezar. Lo salvó una frase que un día le había dicho Andersson, y que durante años había estado ahí, esperando su momento. Había llegado su momento. «Y si ves que ya no hay absolutamente nada que hacer, entonces empieza a hablarle del cristal. Las historias que te he contado yo. Verás cómo caen. Ninguna mujer puede resistirse de verdad a historias como ésas.»
/ Yo jamás he dicho una estupidez semejante, Pues claro que lo dijiste, Imposible, Lo que te falla es la memoria, querido Andersson, Lo que a ti no te falla es la fantasía, querido señor Rail /
Durante dos horas el señor Rail le habló a Jun del cristal. Se lo inventó casi todo. Pero algunas cosas eran verdaderas. Y bellísimas. Jun escuchaba. Como si le estuvieran hablando de la luna. Después entró un hombre en la taberna y gritó que el Adel estaba a punto de zarpar. Gente que se levanta, voces lanzadas de un sitio a otro, ondear de paquetes y de equipajes, niños que lloran. Jun se levanta. Coge sus cosas, se da la vuelta y se dirige hacia la puerta. El señor Rail deja dinero sobre la mesa y corre detrás de ella. Jun camina deprisa hacia el barco. El señor Rail corre detrás de ella y piensa Una frase, tengo a toda costa que encontrar la frase adecuada. Pero es ella la que la encuentra. Se detiene de golpe. Deja la maleta en el suelo, se vuelve hacia el señor Rail y susurra
-¿Tienes más historias de ésas?... historias como la del cristal.
-Montones.
-¿Tienes una tan larga como una noche?
/ Y así no se subió a aquel barco. Y nos quedamos los dos allí, en Morivar. Faltaban siete días para que zarpara otro barco. Pasaron deprisa. Y después pasaron otros siete. El barco esta vez se llamaba Esther. Jun quería subir a toda costa. Decía que no tenía más remedio que subir. Era por aquel paquete, ¿comprendes? Decía que tenía que llevarlo allá, ni siquiera sé dónde quedaba ese allá, nunca me lo dijo. Pero era allá adonde tenía que llevarlo. A alguien, creo. Nunca quiso decirme a quién. Ya sé que es una historia extraña, pero es así. Allá hay alguien y un día Jun se presentará ante él y le dejará el paquete en las manos. En aquellos días en los que estuvimos en Morivar, una vez dejó que lo viera. Abrí el papel y dentro había un libro, todo escrito con una caligrafía pequeñísima, encuadernado en azul. Un libro, ¿comprendes? Solamente un libro /
-¿Lo has escrito tú?
-No.
-¿Y qué dice?
-No lo sé.
-¿No lo has leído?
-No.
-¿Y por qué?
-Algún día tal vez lo lea. Pero antes tengo que llevarlo allá.
/ Santo Dios, Andersson, yo no sé cómo hay que comportarse en la vida, pero ella ese libro tiene que llevarlo allá y yo... yo conseguí que no subiera a aquel barco que se llamaba Esther, yo conseguí traerla aquí, y cada semana hay un barco que parte sin ella, hace ya muchos años. Pero no conseguiré retenerla aquí para siempre, se lo he prometido, un día se levantará, cogerá su maldito libro y se volverá a Morivar; y yo dejaré que se vaya. Se lo prometí. No pongas esa cara, Andersson, ya sé que parece algo absurdo, pero es así. Antes que yo llegó ese libro a su vida, y no puedo hacer nada. Está ahí, a mitad del camino, ese maldito libro, y no podrá quedarse ahí para siempre. Un día reemprenderá su camino. Y Jun es ese viaje. ¿Lo comprendes? Todo lo demás, Quinnipak, esta casa, el cristal, tú, Mormy y hasta yo, todo lo demás no es otra cosa que una gran parada imprevista. Milagrosamente, desde hace años, su destino contiene el aliento. Pero un día volverá a respirar. Y ella se marchará. Ni siquiera es tan horrible como parece. ¿Sabes?, de vez en cuando pienso... tal vez Jun sea así de hermosa porque lleva encima su destino, límpido y sencillo. Debe de ser una cosa que te hace especial. Ella la tiene. De aquel día en el muelle de Morivar, yo no olvidaré jamás dos cosas: sus labios y cómo aferraba aquel paquete. Ahora sé que estaba aferrando su destino. No lo abandonará sólo porque me ama. Y no se lo robaré sólo porque la amo. Se lo prometí. Es un secreto y no se lo debes decir a nadie. Pero es así /
-¿Dejarás que me vaya, ese día?
-Sí.
-¿De verdad, señor Rail?
-De verdad.
-¿Y hasta entonces no hablaremos nunca más de esta historia, nunca, nunca?
-No, si no quieres.
-Entonces llévame a vivir contigo, te lo ruego.
Por eso un día, desde Morivar, llegó el señor Rail, y junto a él estaba una muchacha tan hermosa como no se había visto nunca en Quinnipak. Por eso se amaron, los dos, de aquella manera extravagante, que al verla parecía imposible, y que sin embargo era hermosa sólo con que se pudiera aprender... Y por eso durante días y días, treinta y dos años después, el señor Rail fingió no ver los minúsculos preparativos que se desprendían de los gestos de Jun, hasta que ya no pudo resistir más y después de haber apagado la lámpara, aquella noche, dejó pasar unos instantes, luego cerró los ojos y en lugar de decir
-Buenas noches
dijo
-¿Cuándo te marchas?
-Mañana.
Suceden cosas que son como preguntas. Pasa un minuto, o tal vez años, y después la vida responde. Fueron treinta y dos los años que pasaron antes de que Jun volviera a coger su maleta, aferrara contra el pecho su paquete y saliera por la puerta de la casa del señor Rail. Por la mañana temprano. El aire húmedo a causa de la noche. Pocos ruidos. Nadie a la vista. Jun baja por el sendero que lleva a la carretera. La está esperando la calesa de Arold. Pasa todos los días por allí. No le importa hacerlo un poco más temprano de lo habitual ese día. Gracias, Arold. No hay de qué. La calesa parte. Devora la carretera poco a poco. No se volverá atrás. Alguien se acaba de despertar. La ve pasar.
Es Jun.
Es Jun que se marcha.
En la mano lleva un libro que se la está llevando lejos.
(Adiós, Dann. Adiós, pequeño señor Rail, que me has enseñado la vida. Tú tenías razón: no estamos muertos. No es posible morir cerca de ti. Hasta Mormy esperó a que estuvieras lejos para hacerlo. Ahora soy yo quien se va lejos. Y no estaré cerca de ti cuando muera. Adiós, mi pequeño señor, que soñabas con trenes y sabías dónde estaba el infinito. Todo aquello que existía, yo lo he visto al mirarte a ti. Y he estado en todas partes estando contigo. Es algo que no seré capaz de explicar nunca a nadie. Pero es así. Me lo llevaré conmigo y será mi secreto más hermoso. Adiós, Dann. No pienses nunca en mí si no es riendo. Adiós.)